En un artículo anterior destaqué la necesidad que tenemos los peruanos de mejorar nuestro nivel de educación (y de cultura cívica) como condición ineludible para llegar a ser considerados en un futuro próximo como un país auténticamente desarrollado.

 

A estas alturas creo que está claro que un país desarrollado no es solamente el que exhibe cifras macroeconómicas envidiables, con un producto bruto interno (PBI) per cápita mayor a los 20,000 dólares (para ser denominado país con “economía avanzada”, según el FMI, o de “ingresos altos” por el Banco Mundial), aunque este ingrediente forma parte importante de lo que se conoce como “nivel de vida”. Todos queremos que el nivel de vida de los peruanos siga mejorando a un buen ritmo, y que esta mejoría se extienda a todos los sectores sociales.

 

Pero los actuales índices de desarrollo humano más utilizados incluyen, además del aspecto económico, otros que son igualmente importantes, como la esperanza de vida (disfrutar de una vida larga y saludable) y los logros educacionales (ser educados).

 

Y a más de uno sorprenderá de que venga cobrando cada vez más fuerza la propuesta de establecer el PBI de la felicidad como un índice más apropiado para medir lo bien (o mal) que se encuentra una sociedad, pues el modelo basado meramente en el PBI material parece haber quedado obsoleto, además de que está llevando a una paulatina destrucción del ecosistema.

 

Este nuevo paradigma se sustenta en cuatro pilares: la conservación del medioambiente, el desarrollo socioeconómico sustentable y equitativo, el buen gobierno, y la preservación y promoción de la cultura.

 

Sobre este último aspecto quiero insistir, y tener en claro qué significa “ser educados”. Una persona educada es, esencialmente, alguien que no solo tiene ciertos conocimientos y experiencia, sino que además los aplica para resolver problemas y sabe comportarse en cada momento como se debe, todo ello sintiéndose plenamente libre.

 

Para que nuestro PBI de la felicidad se eleve, nuestra educación tiene que apuntar a volvernos capaces de transformar favorablemente las condiciones en que vivimos, sin dejarnos vencer por las limitaciones geográficas o económicas. Eso significa vincular todo aprendizaje con el desarrollo de nuestra capacidad de acción transformadora. Una actitud conformista (“siempre hemos estado así…”) o esperar que los gobiernos sean los que resuelvan todos nuestros problemas (paternalismo), solo garantizarán que nunca salgamos del montón. Pero para ser un país desarrollado debemos ser protagonistas de nuestro destino y mirar hacia adelante, aquello que somos capaces de lograr juntos, poniendo primero el bien común y teniendo como meta que el bienestar llegue a todos. Así, el Perú logrará un país en donde la mayoría se siente feliz de vivir.

 

Fuente: http://www.elperuano.com.pe/edicion/noticia-el-pbi-de-felicidad-26798.aspx#.VOtA3nyG8RQ

Publicado por: Sara Hallo

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