“Lo que hagamos hoy, marcará el futuro de nuestros hijos”

Dentro del calendario ambiental nacional y mundial, así como de la misma cosmovisión andina, es sin duda marzo un mes de particular importancia; puesto que se celebra el día mundial de la vida silvestre, día internacional de los bosques, día mundial del agua, día mundial del clima y por supuesto, como parte del equinoccio de primavera, el “pawkar raymi” o fiesta del florecimiento.

Varias celebraciones para un solo mes dirían algunos, ¿pero cuánto han calado en nuestra conciencia estas conmemoraciones como una parte de la responsabilidad ambiental que nos compete? Deberíamos ser consecuentes de nuestros actos; cada día, cada minuto, cada instante de nuestras vidas, cada vez que nos servimos de los recursos que la naturaleza nos provee.

Lo que se pretende en este artículo, es poner a consideración una realidad que está allí presente; y, que muchas veces por nuestra naturaleza humana, no la percibimos o nos hacemos indiferentes, aplacados por ese egoísmo que no nos nubla la conciencia, haciéndonos creer que la naturaleza y sus recursos nos pertenecen, y más no, que somos parte de ella.

El informe de Planeta Vivo de la WWF (2014), menciona que la biodiversidad está disminuyendo rápidamente, mientras que nuestras demandas sobre la naturaleza aumentan y son insostenibles. Desde 1970, las poblaciones de las especies han disminuido un 52 por ciento a escala mundial. Necesitamos 1,5 planetas para satisfacer nuestras actuales demandas de naturaleza. Esto significa que nos estamos comiendo nuestro capital natural, haciendo más difícil mantener las necesidades para futuras generaciones.

Sostiene que el efecto será doble, debido al crecimiento de la población humana y una elevada huella per cápita que multiplicará la presión que ejercemos sobre nuestros recursos; afirma además, que los países con un alto nivel de desarrollo humano tienden a tener mayores huellas ecológicas e hídricas. Por tanto, el reto para los países es aumentar el nivel de desarrollo humano al tiempo que deben reducir las huellas a niveles globalmente sostenibles.

También menciona que probablemente ya hayamos cruzado algunos “límites planetarios” que provoquen cambios ambientales abruptos e irreversibles. El bienestar de la humanidad depende de recursos naturales como el agua, la tierra arable, los peces, la madera; y de servicios ecosistémicos como polinización, ciclo de nutrientes y control de erosión.

Por lo tanto, estamos usando los regalos de la naturaleza como si tuviéramos más de un planeta a nuestra disposición. Al tomar de los ecosistemas y procesos naturales más de lo que ellos pueden reponer, estamos poniendo en riesgo nuestro futuro y el de nuestras generaciones.

Por otro lado, vale reflexionar sobre un elemento de la naturaleza cuya presencia, es decisiva en la existencia de todos los seres vivos, me refiero al agua. Recurso indispensable cuya escasez es motivo de preocupación general y prioritaria para las entidades mundiales, como establece el Informe de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

El agua por sí misma es abundante en la naturaleza. Las dos terceras partes de la superficie del planeta está cubierta por el agua, pero la mayor parte es salada, encontrándose en mares y océanos en un 97,5% del, el restante 2,5% es agua dulce, de la cual el 69% se encuentra en los polos y las cumbres de las montañas y solamente el 1% es el agua dulce que se encuentra en arroyos, ríos y las cuencas hidrográficas; de ésta agua superficial, el uso accesible es sólo el 0,30%. Por tanto, si nos referimos al total del agua de la Tierra, el agua dulce disponible significa apenas el 0,007%, del total del agua del planeta.

Si bien es cierto, el volumen de agua no cambia, sin embargo la población humana crece en forma exponencial, provocando no solamente una crisis hídrica, sino una crisis alimentaria. Según el Fondo de la ONU para la Alimentación y Agricultura (PNUD), 1.200 millones de personas, es decir, el 18% de la población mundial, no tienen acceso a fuentes seguras de agua potable, y más de 2.400 millones de personas carecen de saneamiento adecuado. En los países en desarrollo, más de 2.200 millones de personas, la mayoría de ellos niños, mueren cada año a causa de enfermedades asociadas con la falta de acceso al agua potable.

En el ámbito local, según Secretaría del Agua (2014), Ecuador es uno los países más ricos en recursos hídricos de Sudamérica: 43.500 m3/habitante/año (2.5 mayor que el promedio mundial). Contamos con 79 cuencas hidrográficas; 72 descargan al Océano Pacífico y las 7 restantes a la cuenca Amazónica. A pesar de ello, 7,5 de cada diez ecuatorianos tienen acceso al agua potable y 5,5 de cada diez tienen alcantarillado. Pero la desigualdad en el acceso a estos servicios es más honda en las áreas rurales y en los barrios marginales. Y, solamente alrededor del 10% de aguas residuales tienen algún nivel de tratamiento.

Sin embargo, cuando se hace un análisis desde el punto de vista de la “huella hídrica”, que por cierto según la Water Footprint Network se define como el volumen total de agua dulce que se utiliza para producir los bienes y servicios consumidos por el individuo o comunidad; Ecuador está en niveles preocupantes, ya que el consumo promedio es de 2.007 m3/habitante /año, índice por encima del promedio de la región y de mundo que es de 1.783 y 1.385 m3/Hab./año, respectivamente, producto básicamente de una distribución inequitativa y administración deficiente.

Ante esta realidad, no nos queda más que reflexionar sobre nuestra existencia presente y futura buscando un equilibrio entre lo sustentable y sostenible, ya que en un mundo donde tantas personas viven en la pobreza, podría parecer que la protección de la naturaleza es un lujo. Pero es exactamente lo contrario como lo afirma Marco Lambertini (2014), Director de la WWF. Ya que para muchas de las personas más pobres del mundo, es su tabla de salvación; siendo importante reconocer que es un tema de todos. Todos necesitamos alimentos nutritivos, agua fresca y aire puro en cualquier lugar donde vivamos.

Pero el asunto es tan grave que puede ser difícil tener una actitud positiva hacia el futuro. Ciertamente difícil, pero no imposible porque está en nosotros mismos, que hemos provocado el problema, encontrar la solución, Lambertini (2014). Ahora debemos trabajar para garantizar que la próxima generación pueda aprovechar la oportunidad que nosotros no hemos podido tomar hasta ahora, cerrar este capítulo destructivo de nuestra historia y construir un futuro en el que las personas puedan vivir y prosperar en armonía con la naturaleza. Estamos todos conectados, y en conjunto tenemos el potencial para encontrar y adoptar soluciones que salvaguarden el futuro de este nuestro único y exclusivo planeta. Donde, definitivamente, los procesos de conservación de la naturaleza y el desarrollo sostenible van de la mano.

Por: Hugo A. Gómez P.

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