Esta vez fuimos cuatro aventureros rumbo a Machu Picchu. Mi hermana y nuestros dos hijos. La sensación en esta aventura fue distinta habían pasado más de treinta años. La primera fue un viaje tortuoso, mis ahorros como mecanógrafa me permitieron costearme únicamente pasaje aéreo de Quito-Lima-Quito, así que la travesía desde Lima a Cusco debía ser en autobús, fueron dos interminables y cansados días, recuerdo que por aquella época Sendero Luminoso tenía a Perú en vilo sobre todo por la zona montañosa, por lo que era muy normal que a medianoche los militares armados hasta el cogote nos obligaran a salir y nos revisaban hasta por debajo de la lengua. No recuerdo bien si era invierno o comienzos del invierno, porque había un frio intenso que me congelaba hasta los pelos que no logré peinarlos sino hasta cuando regresé a Quito, desde allí tengo estos “dreads” o rastafaris instalados en mi cabeza. Mi presupuesto estaba previsto máximo para una semana y únicamente dentro de la Lima Metropolitana, pero los planes cambiaron, alterándose el itinerario e incluyendo Machu Picchu   y otros detalles que fueron los protagonistas de otro cuento.

Nuestra primera parada fue en Ollantaytambo en una pintoresca hostal en pleno centro del pueblo, la noche era limpia, estrellada y vaticinaba un día luminoso, cena liviana y a dormir. Nos levantamos temprano, tomamos el primer tren y luego de dos horas de un viaje disfrutando una naturaleza inigualable, imaginando cómo sería este escenario hace quinientos años, llegamos a Aguas Calientes, un hermoso pueblito y la puerta de entrada a nuestro gran objetivo. Nos enfilamos junto a un grupo multicultural y plurilingüístico integrado por colombianos, japoneses, norteamericanos, alemanes, judíos y de otras nacionalidades que ansiosos esperaban el autobús para iniciar la escalada por el Camino del Inca.

En el ascenso empecé a sentir que mi corazón palpitaba de manera diferente y conforme subíamos se iba acelerando como preparándose a repetir la sensación aquella de hace más de treinta años.   Luego de media hora o un poco más llegamos a la estación e ingresamos a un balcón donde se podía divisar el majestuoso Cerro Sagrado y el rostro reposado del Inca más claro y perfecto que nunca.

Mi corazón continuaba latiendo pero esta vez más fuerte, una energía indescifrable cubrió mi rostro, quedé muda, pegada a la tierra, sin poder avanzar, un aire completamente suave y limpio se introdujo por la nariz y recorrió todo mi cuerpo, deseos de llorar, gritar y volar. Conforme recorríamos los senderos de ese mágico lugar la emoción iba aumentando, no era necesario hablar, los guías se mataban explicando en todos los idiomas y yo solo quería estar en silencio, buscaba el silencio que era el único recurso para disfrutar semejante regalo. Por unos minutos cerré los ojos e intenté meditar y musité la oración que siempre me acompaña en mis meditaciones “solamente estar sin desear nada ”. Me dejé llevar como una hoja disfrutando de esa energía maravillosa que me recordaba estar viva y que todo allí tenía vida. Los dos imponentes cerros, el Waina Picchu y el Machu Picchu en su silencio me hablaban, el rosto del Inca me sonreía, las rocas cantaban, por las terrazas salía agua cristalina y el eco de sus voces retornaban.

De vez en cuando miraba a mi alrededor los japoneses tocaban las rocas para confirmar que eran reales, los norteamericanos ponían a prueba sus sofisticadas cámaras y videos, una familia de colombianos buscaban el mejor ángulo entre el rostro del inca y sus rostros, un grupo de jovencitas merodeaban a nuestros muchachos pidiéndoles que les fotografíen, mi hermana buscaba lugares insólitos para conectarse con sus ancestros, una australiana de avanzada edad recitaba mantras. Todos, cada uno a su manera y en su mundo disfrutaban de este mágico universo.

Las dos experiencias fueron maravillosas, la primera hace más de treinta años y ésta al finalizar el 2014; sin embargo debo confesar que la última la pude disfrutar intensamente, quizá la presencia de mi hijo, mi hermana y mi sobrino, o simplemente el silencio del Cerro Sagrado.

 Ninfa Patiño Sánchez

Quito, marzo 15 2015

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