Todos buscamos mejores condiciones de vida. Procuramos ganar lo suficiente para atender necesidades familiares, individuales, espirituales, y nuestros placeres también. Vivimos en sociedades que giran alrededor de la obtención de dinero para garantizarnos un estado de bienestar. Necesitamos invertir dinero para obtener beneficios. Pero, ¿es esta una conducta natural del ser humano o es que la humanidad ha sucumbido ante el peso del capitalismo y del consumo desmedido, a costa de su propio bienestar?

El filósofo francés Gilles Lipovetsky ve al capitalismo de consumo en 3 fases: la que va desde 1881 hasta 1939, caracterizada por la producción masiva, las primeras campañas publicitarias, la marca comercial. La segunda, desde mediados del siglo XX hasta finales de los años setenta, en la que casi todos los grupos sociales perseguían los mismos símbolos: televisor, auto, casa, electrodomésticos, etc. Y la tercera, la sociedad de hiperconsumo, desde los ochenta hasta nuestros días.

Según Lipovetsky, los objetos de consumo ya no representan distinción social sino que satisfacen necesidades lúdicas. Las nuevas tecnologías han provocado un giro radical en el modelo de bienestar. Ahora, el consumo es un ritual individual. El hiperconsumidor quiere ganarle al tiempo. Esta nueva cultura del bienestar se preocupa mucho más de las sensaciones del cuerpo, busca un mejor estado físico, busca un mejor estado espiritual y estas búsquedas son nuevas formas de consumo. El mercado ha cooptado las necesidades del hiperconsumidor y se presenta en todas sus experiencias individuales.

El hiperconsumo es una especie de declaración de victoria del capital sobre un ser humano angustiado. Al hiperconsumidor le hace falta salvarse, por eso acude a prácticas espirituales que antes le eran ajenas. Los problemas del consumo desmedido se incrementan: falta de políticas de manejo de desechos, mayores índices de depresión en el entorno urbano debido a adicciones al consumo y hasta una especie de esclavitud a los fármacos y a todo tipo de placebo ofrecido por el mercado, son síntomas de esta fase en la que vivimos.

El hiperconsumidor es víctima de los ideales de salud que vende la publicidad, y, por lo tanto, se ha convertido en un dependiente de fármacos que le garanticen confort. El consumo contemporáneo apela a lo sensitivo, a lo emotivo, a lo intimista. “Consumir es visto como un viaje, no importa adónde, solo importa consumir, como expresión de rechazo o de angustia ante la rutina, es ponerse en movimiento para romper los tiempos muertos de la vida”, dice Lipovetsky.

No nos importa de dónde vengan los productos que consumimos ni cuánto trecho han tenido que recorrer desde que son materia prima hasta que llegan a nuestras manos, procesados. El mercado es ahora el que decide sobre los individuos. Ante este dilema contemporáneo, la Cepal recomendó a los Estados crear un marco legal que ampare la creación de ‘circuitos cortos’, es decir, asociaciones de productores que establezcan vínculos más directos con los consumidores.

No se trata de demonizar ni de deificar los modos de producción y consumo, sino de evidenciar el drama de vivir para el consumo como si fuera la suma de la existencia. “Crear una ecología de la mente, de la existencia, hallar un equilibrio”, recomienda Lipovetsky. Se trata de imponer pasión a otras actividades en lugar de concentrarnos en comprar y comprar sin límites.

Por: Secretaría del Buen Vivir

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