HERENCIA DE VALORES

 ¿Qué le voy a dejar a mis hijos, si no tengo nada que dejarles? fue una de las muchas expresiones que escuché en el bus en estos días a propósito de la Ley de Herencias y fue la que me inspiró escribir estas líneas.

Hoy más que nunca se vuelve imperativo aunar los esfuerzos institucionales, sociales, políticos, educativos, culturales, familiares y espirituales para emprender una verdadera campaña de valores del buen vivir dirigida a la niñez, la juventud y sobre todo a los adultos para que entendamos que la mejor y única herencia que se puede y se debe legar a las nuevas generaciones es sobre valores humanos, siendo éstos el conjunto de características que posee una persona o una cultura, entendida cultura como cualquier espacio de encuentro entre los hombres; los símbolos de identidad y la memoria colectiva, las profecías de lo que somos y las denuncias de lo que nos impide ser, según Eduardo Galeano.

Dentro del inventario de valores humanos universales, son comunes en distintas culturas el respeto, la responsabilidad, la honestidad, la solidaridad, la verdad, la lealtad, la paz, etc. En las culturas de tradición andina, la reciprocidad, la complementaridad, vivir en comunidad, entre otros.

Tomando como punto de referencia la solidaridad como uno de los valores humanos universales, planteo para la reflexión las siguientes definiciones:

“El sentido más básico de la solidaridad supone que se desarrolla sin distinción, límites o condicionamientos de sexo, raza, nacionalidad, religión ni de afiliación política. La única finalidad de la solidaridad puede apuntar al ser humano en estado de necesidad. De todas formas, el uso del término ha quedado desvirtuado ante el abuso del discurso político y el denominado marketing solidario”.

“La verdadera solidaridad es ayudar a alguien sin recibir nada a cambio y sin que nadie se entere. Ser solidario es, en su esencia, ser desinteresado. La solidaridad se mueve sólo por la convicción de justicia e igualdad”

Sería bueno luego de esta lectura plantearnos las siguientes preguntas:

¿Cuánta solidaridad hemos acumulado durante nuestra vida?

¿Cuánta de esa solidaridad dejaremos de herencia a nuestros hijos?

Escrito por Ninfa Patiño Sánchez

Quito, 16 de junio, 2015

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