Los niveles de consumo de las sociedades capitalistas se han incrementado vertiginosamente durante los últimos 50 años. Según la ONU, anualmente se generan entre 20 y 50 millones de toneladas de basura electrónica, es decir, desechos de aparatos electrónicos como computadoras, teléfonos celulares, hornos de microondas, refrigeradores, etcétera. La mayoría de esta basura proviene de EE.UU., Gran Bretaña, Bélgica y Holanda, es decir, de los países ricos y, si la reunimos, podría llenar cada mes unos 600 contenedores. Camiones  que llegan al puerto de Tema, el mayor centro de importación de Ghana, en África, la región más pobre del planeta.

La documentalista alemana Cosima Dannoritzer registra las dinámicas más cruentas de las sociedades de consumo desenfrenado a través de videos para cine y televisión. En su documental La tragedia electrónica, Dannoritzer llega hasta Tema, siguiendo la ruta que utilizan las grandes mafias del negocio de la basura electrónica en el mundo y persiguiendo a un grupo de aparatos considerados reciclables, es decir, capaces de servir a otros usuarios como lo que fueron desde su fabricación.

Pero la periodista se encuentra con una triste sorpresa: Agbogbloshie, un barrio de Accra, la capital de Ghana, se ha convertido en el vertedero de desechos electrónicos más grande de África. Su extensión es comparable con la de 11 campos de fútbol. En este barrio viven 40.000 personas que se ganan el sustento seleccionando y vendiendo las piezas que rescatan de entre los desechos electrónicos. Un 40% del total de los obreros son chicos con edades que oscilan entre los 5 años y la adolescencia. Van a la escuela por la mañana y por la tarde trabajan recolectando pequeños trozos de metal o arrastrando carros repletos de basura digital a cambio de un dólar y medio por cada jornada. Muchos de ellos ayudan a sus padres económicamente con su trabajo.

Como la producción de aparatos tecnológicos se incrementa, también aumenta la cantidad de desechos. Dannoritzer se dio cuenta de que la basura digital representa una industria global de 7 billones de dólares. En Ghana genera empleos indirectos para cerca de 30.000 personas y significa ingresos de entre $ 105 y $ 268 millones para el país. En total, unos 200.000 ghaneses reciben beneficios económicos a costa de acabar con su salud.

Según Dannoritzer, EE.UU. –uno de los 10 países más ricos del planeta- genera 9 millones y medio de toneladas al año de residuos electrónicos cuya exportación no ha sido prohibida. Esos desechos van, en gran parte, hasta Ghana, donde llegaron esos artefactos que viajaron haciéndose pasar por útiles, aunque solo eran basura electrónica.

Pero el vertedero de Ghana no es el único en el mundo. Otros vertederos como el de Laogang, en Shanghái, China; el de Jardim Gramacho, en Río de Janeiro, Brasil, o el de Bordo Poniente, en México, constituyen grandes centros ilegales de tratamiento de basura que atentan contra la salud humana y violan los más importantes tratados mundiales para tratamiento de desechos y preservación del medio ambiente. El tráfico de residuos electrónicos es ilegal desde 1989, cuando se creó la Convención de Basilea, de la cual 190 países son firmantes, entre ellos Ghana y China (otro de los más grandes centros ilegales de acopio de basura electrónica). Pero EE.UU. no la ha suscrito.

La realidad de Agbogbloshie parece no tocarnos, pero representa una inmensa amenaza para el futuro de todo el planeta. Por eso, cabe preguntarnos ¿cuál es el destino de los electrodomésticos que desechamos nosotros cada cierto tiempo?. Es necesario preguntarnos cuántas veces al año compramos un teléfono celular y por qué lo hacemos. ¿Cuántos televisores, cuántos hornos de microonda, cuántas lavadoras hay en casa, los necesitamos de verdad a todos?

El problema del consumo desmedido en nuestros centros urbanos tiene que ver con que las dinámicas de las urbes modernas tienden a esconder la basura que producimos todos lo más pronto posible.

Los sistemas de recolección en algunas ciudades pueden resultar ineficientes, sí, pero nosotros, como habitantes de esas mismas ciudades, como vecinos, como padres o hijos, nos hemos acostumbrado a conformarnos cuando la bolsa negra donde pusimos todos nuestros desechos termina en la esquina, junto al poste o en el contenedor del barrio, donde un grupo de recolectores se la llevará y la desaparecerá de nuestra vista para siempre.

Algunas preguntas las debemos responder nosotros, cada día: ¿consumimos lo que realmente necesitamos? ¿Qué tan responsables somos cada uno de nosotros con nuestros propios desechos? ¿Y qué hacen los gobiernos de los países que producen millones de artefactos electrónicos cada año, sin parar? (I)

 

Por: Secretaría Buen Vivir

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