Las crisis de refugiados que sacuden al mundo ocupan espacios importantes en las noticias.  Lo que más conmueve en estos días a la opinión pública es la odisea de los refugiados sirios, que junto a migrantes de Asia central, intentan con apremio cruzar el mar Mediterráneo, para luego traspasar las fronteras de Europa oriental. Poco antes de estos sucesos fueron los refugiados y migrantes africanos quienes llamaron la atención de los medios de comunicación, al filmar sus muchas veces fatales intentos por llegar a las costas del sur del continente europeo.

En ambos casos, quedarán en nuestra memoria las dramáticas imágenes de barcazas atiborradas con familias enteras, también las de niños encontrados sin vida sobre playas turísticas, así como las de centenares de personas intentando a la fuerza cruzar mallas de contención, o bien esquivando a los policías en los bordes fronterizos. Todas estas personas tienen algo en común. En efecto, si bien existe una clasificación que ubica a estas personas en diversas categorías denominándolos como “migrantes” o como “refugiados”, todas ellas buscan escapar, sobrevivir, o bien escabullirse de una persecución que pone en vilo su propia existencia, sea esta por razones políticas, por sus creencias religiosas, de preferencia sexual, por desastres naturales, por los crecientes efectos del cambio climático o bien por buscar condiciones de vida que le permitan sostenerse con dignidad.

Nunca la decisión de abandonar el lugar donde uno nace es tomada a la ligera, ni siquiera cuando el futuro que se busca se presenta como algo mejor que el que se deja atrás. Son decisiones difíciles puesto que conllevan el abandono de un proyecto de vida que hasta entonces parecía solido y duradero. Atrás se deja una historia, una identidad, el sentimiento de pertenencia a un grupo o bien a un destino. Esa fractura, dolorosa y muchas veces traumática, es el común denominador de todos los migrantes, incluyendo a los refugiados. Esta es la principal fuente del desarraigo, el cual es la consecuencia permanente que sufren todos ellos y que afecta incluso a sus siguientes generaciones.

Un refugiado es la persona que debido a fundados temores de ser perseguida abandona su lugar de nacionalidad por motivos de raza, religión, pertenencia a un determinado grupo social o por sus opiniones políticas, y que además no puede acogerse a las medidas de protección de su propio país. Es una persona que escapa de una situación insostenible y peligrosa. Al reconocérsele ese estatus de refugiado consigue la protección de un régimen jurídico especial que le otorga derechos y beneficios, pero también obligaciones en el país que lo acoge.

Por otra parte, un migrante es una persona que no sale del país por razones de peligro o por una persecución directa sino principalmente por intentar mejorar su vida, por razones de trabajo, o bien por reunirse con el resto de sus familiares. A diferencia de los refugiados, pueden seguir recibiendo la protección de su respectivo gobierno.

En el año 2013 la Organización de Naciones Unidas sostenía que los migrantes de todo tipo alcanzaban la cifra de 232 millones de personas, es decir un 3,2% de la población mundial. Dicho de otra manera: las personas migrantes constituirían simbólicamente el 5º país más poblado del mundo.

Ecuador no es ajeno a estos desplazamientos internacionales, ni tampoco es indiferente a sus dramas. Dos contextos sociopolíticos han sido el origen de los grandes ciclos migratorios registrados en las últimas décadas. El primero tuvo lugar hacia mediado del siglo pasado, tras el declive internacional de la moda del sombrero de paja toquilla, cosa que produjo, en particular en la región del austro ecuatoriano, el inicio de un flujo sostenido de migrantes ecuatorianos hacia los Estados Unidos.

El segundo momento sociopolítico, detonante del flujo migratorio más importante de los ecuatorianos hacia el exterior, fue la crisis económica sin precedentes producida por el feriado bancario – en marzo de 1999- y por el inicio de la dolarización –en enero del 2000. Según la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales y el Fondo de Poblaciones de la ONU, se trató de un boom migratorio por el cual salieron y no retornaron al país poco más de 950.000 ecuatorianos y ecuatorianas, principalmente hacia España e Italia, en el período comprendido 1999 y 2007- Esto representó un 7% de la población nacional en dicho momento.

Esta realidad provocó que desde el año 2008 el gobierno del Ecuador iniciase, con base constitucional, una política de orientación humanista  que pretendea facilitar la integración social, el respeto a los derechos humanos de los migrantes, y que reconoce el derecho a migrar, fomenta condiciones favorables para su regreso, y permite la libertad de movimiento para todos los ciudadanos del mundo.

Si bien en la actualidad, según lo muestran los datos del último censo de 2010, continúan los flujos migratorios, estos se han desacelerado en nuestro país de manera importante. Varios son los motivos, entre los cuales el descenso drástico de las posibilidades labores de los migrantes ecuatorianos en Europa y Estados Unidos a raíz de la crisis económica internacional iniciada por la denominada “burbuja inmobiliaria” que se inició en 2008 y que afectó particularmente al nicho laboral de la construcción. Los datos del censo de 2010 indican asimismo que hasta dicha fecha retornaron al país unas 60.000 personas.

Paradójicamente, mientras nuestros compatriotas salían masivamente, Ecuador comenzó a convertirse en un lugar de recepción de refugiados y de migrantes internacionales. Estos provienen principalmente de Perú (migrantes por razones económicas) y de Colombia (refugiados por razones de violencia). El Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana del Ecuador señala que el 99% de los refugiados reconocidos en el país son colombianos, lo que entre el 2010 y 2015 corresponde a un total de 12.131 personas.

Los ecuatorianos sabemos lo que es dejar el país. También conocemos las consecuencias duraderas de esos forzosos desplazamientos: el menosprecio, la soledad y la zozobra que produce el desarraigo no es en nada parecido a un viaje turístico. Sabemos que dicha situación puede sufrirla cualquiera en algún momento de su vida. Por todo ello sabemos que nuestro anhelado bienestar nunca pasa por juzgar la nacionalidad de nuestros vecinos. Todos somos, al fin y al cabo, ciudadanos de un mismo mundo.

 

Por: Redacción Secretaría Buen Vivir

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