“El Valle ha sido testigo de la lucha de nuestra raza, testigo de nuestra historia. Aquí han trabajado, sufrido y muerto nuestros antepasados y aquí nacen los hijos que seguirán haciendo producir estas tierras”, dijo Sixto Chalá, habitante del Valle del Chota, cuando el Ministerio de Cultura del Ecuador
inauguró el primer memorial público de conciencia dedicado a la lucha del pueblo afrochoteño, en 2010.
En los siglos XVI y XVII, la comunidad jesuita fue la principal auspiciante de la trata de seres humanos. Luego de su expulsión, en 1767, sus propiedades fueron confiscadas y los afrochoteños se resistieron a ser tratados como mercancías organizando revueltas. Martina Carrillo, una mujer negra, luchadora por su pueblo, lideró en enero de 1778 un grupo, compuesto por tres parejas de esclavizados de la hacienda La Concepción, para huir hasta Quito y presentar a las autoridades sus quejas por el maltrato recibido. Ambrosio Mondongo, en 1789, se erigió como cabecilla de un movimiento de cimarronaje en las haciendas del valle del Coangue. Francisco Carrillo, en 1807, emprendió una larga batalla que duró 13 años para evitar la desintegración de su familia hasta conseguir comprar su libertad. Salomón Chalá nació en Dos Acequias, Carchi; fue uno de los primeros maestros del Valle del Chota y defensor de los derechos de los afroecuatorianos. La obra de Chalá estuvo vinculada con la toma de conciencia de los campesinos del valle por la defensa de sus derechos territoriales. Pero antes, en el siglo XVI, se estableció el territorio africano libre en Esmeraldas encabezado por Alonso de Illescas.
Ya en el siglo XVII, en el río Santiago, se establecieron las minas de oro donde se produjo el desplazamiento de esclavizados de Colombia y más tarde,
en el siglo XX, afrodescendientes de Jamaica llegaron a Ecuador para construir la vía férrea. La trata humana disminuyó luego de la Ley de libertad de vientres (1821), pero solo en 1851 fue abolida por completo. Estas leyes favorecieron la acumulación de la tierra en pocas manos y relaciones
laborales precarias. No reconocieron los derechos de libertad de los afrodescendientes y no implicaron un cambio en sus condiciones de vida. Durante la diáspora africana, entre los siglos XIX y XX, se estima que 9,2 millones de esclavizados africanos fueron trasladados hacia Europa, América y el Caribe.
La literatura universal registra estas luchas: La cabaña del tío Tom, novela de la abolicionista blanca, estadounidense, Harriet Beecher Stowe, fue publicada en 1852, en pleno apogeo de la esclavitud, y detonó la Guerra de secesión, pues denunció la explotación salvaje del pueblo negro en las plantaciones de algodón de la cuenca del Mississippi.
En Ecuador surgieron voces narrativas como las de Adalberto Ortiz, con su novela Juyungo, y Nelson Estupiñán Bass, con su novela Cuando los guayacanes florecían, un relato de la guerra civil en Esmeraldas tras la muerte del general Eloy Alfaro. En poesía, se levantan las voces de Julio Nicolta, Luz Argentina Chiriboga y Antonio Preciado. Después de que el 21 de marzo de 1960 se produjera la matanza de Sharpeville, en Sudáfrica, de 69 ciudadanos negros por la policía, Nelson Mandela recorrió el país para organizar una huelga. En 1961 salió sin autorización de Sudáfrica para pedir apoyo para su movimiento de liberación. En 1962 lo detuvieron y el 7 de noviembre, cuando lo condenaron a prisión, al salir de la sala donde fue juzgado repitió tres veces el grito “¡Amandla!”, que significa “poder”. Y tres veces se oyó la respuesta del público: “¡Ngawethu!”, que quiere decir “para el pueblo”.
El 18 de julio fue declarado por la Organización de la Naciones Unidas el Día Mundial por la Lucha de las libertades, en homenaje a Mandela, quien cumplía años en esa fecha. Todas estas luchas resumen un mismo espíritu, el de condenar el trato deshumanizado que durante siglos practicó una sociedad criminal, y que, generación tras generación, decantó en exclusión, pobreza y falta de oportunidades igualitarias. Por eso, la ONU ha declarado en enero de este año el Decenio Internacional de los Afrodescendientes, con el propósito de impulsar tres pilares fundamentales: el reconocimiento, la justicia y el desarrollo, garantizados por los Estados. En Ecuador, el Día del Pueblo Afroecuatoriano se celebra cada primer domingo de octubre, desde que el Congreso Nacional de 1997 lo decretara.

 

Por: Redacción Buen Vivir.

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