i siempre te sentiste un poco insatisfecho, aún con todas tus necesidades cubiertas, seguramente buscarle un sentido a la vida puede cambiar tu manera de ver todo lo que te rodea, más que buscar la felicidad. Te invitamos a reflexionar leyendo esta nota.

Publicado por Por Emily Esfahani Smith, extraído de The Atlantic

En septiembre de 1942 Viktor Frankl, un eminente psiquiatra y neurólogo judío de Viena, fue detenido y trasladado a un campo de concentración nazi junto con su esposa y sus padres. Tres años después, cuando ese campo fue liberado, la mayoría de sus familiares, entre ellos su esposa embarazada, estaban muertos. Con todo él, prisionero número 119.104, se había salvado. En su exitoso libro El hombre en busca de sentido —que escribió en nueve días en 1946—, Frankl cuenta cómo afrontó el cautiverio y concluye que la diferencia entre los que sobrevivieron y los que murieron se redujo a una cosa: sentido.

 

Frankl trabajó como terapeuta en varios campos de concentración y en su libro habla sobre dos prisioneros con intenciones suicidas a los que trató. Como muchos otros, esos hombres se sentían desesperanzados. “En ambos casos”, escribió el vienés, “era cuestión de hacer que se dieran cuenta de que la vida aún esperaba algo de ellos”. Para uno de los prisioneros, se trataba de su pequeño hijo, que vivía en otro país; para el otro, un científico, era una serie de libros que deseaba terminar. “A un hombre se le puede quitar todo, menos una cosa, la última de las libertades humanas: elegir su actitud bajo cualquier conjunto de circunstancias, escoger su propio camino”, dice Frankl en su libro.

 

Como observó en los campos, aquellos que hallaron sentido hasta en las circunstancias más horrendas eran mucho más resistentes al sufrimiento que quienes no lo encontraron. “Un hombre que se hace consciente de la responsabilidad que implica que otro ser humano lo espere con afecto[…] no podrá desperdiciar su vida nunca. Quien sabe el ‘porqué’ de su existencia siempre será capaz de soportar casi cualquier ‘cómo’”, escribió Frankl.

Hoy el mensaje atemporal de Frankl parece estar en contradicción con nuestra cultura, que se interesa más en la búsqueda de la felicidad individual que en la búsqueda de sentido. Según una encuesta Gallup, en 2012 el nivel de felicidad de los estadounidenses alcanzó su punto máximo en cuatro años; no obstante, de acuerdo con los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, 4 de cada 10 de las personas no han encontrado un propósito satisfactorio en la vida, independientemente de lo satisfechas que estén sus necesidades inmediatas.

 

Los estudios muestran que tener propósito y sentido en la vida aumenta el bienestar general y la satisfacción personal, mejora la salud mental y física, incrementa la resistencia, fortalece la autoestima y disminuye el riesgo de caer en la depresión. Y, paradójicamente, la búsqueda obsesiva de la felicidad está haciendo menos felices a las personas, según una investigación reciente. “Buscar la felicidad por sí sola es lo que impide alcanzarla”, escribió Frankl. Por esta razón algunos expertos desaconsejan aspirar únicamente a ser feliz.

En un estudio científico publicado en el Journal of Positive Psychology, unos psicólogos preguntaron a casi 400 estadounidenses si pensaban llevar una vida con sentido, feliz o ambas cosas. Descubrieron que la gente feliz encuentra alegría en recibir, y la que lleva una vida con sentido, en dar. “La felicidad sin sentido caracteriza una vida relativamente vacía, abstraída en sí misma e incluso egoísta, en la que las cosas marchan bien, las necesidades y deseos son fáciles de satisfacer, y se evitan los asuntos complicados o agotadores”, escribieron los autores del estudio.

En síntesis, descubrieron que las personas felices tienden a pensar que la vida es fácil, gozan de buena salud física y tienen los medios para comprar las cosas que quieren o necesitan. Para ellas, la felicidad es no tener preocupaciones ni estrés. Si es así, entonces los humanos no son los únicos seres capaces de sentir felicidad. Los animales también se sienten felices cuando sus necesidades e impulsos están satisfechos, señalaron los investigadores. Según Roy Baumeister, director del estudio, lo que distingue a los humanos de los animales no es la búsqueda de la felicidad, sino la búsqueda de sentido.

Muchos de los participantes del estudio encontraban sentido en ofrecer algo de sí mismos a los demás. Cuando llevás una vida con sentido, “usás tus mayores fuerzas y talentos en pertenecer y servir a algo que considerás más grande que vos”, señala Martin Seligman, uno de los principales psicólogos científicos de la actualidad. Por ejemplo, llevar una vida con sentido se asocia con actividades como comprar regalos para otros, cuidar a los niños y participar en debates.

Las personas cuya vida tiene sentido suelen buscar esto activamente, aunque saben que será a expensas de la felicidad. Tener hijos, por ejemplo, se asocia con una vida con sentido que exige sacrificio, pero también conlleva un nivel bajo de felicidad de los padres, entre ellos los participantes en el estudio citado. De hecho, según el psicólogo Daniel Gilbert, de la Universidad Harvard, las investigaciones muestran que los padres se sienten más felices haciendo ejercicio, comiendo y viendo televisión que conviviendo con sus hijos.

 

El sentido también se refiere a trascender el momento presente. Mientras que la felicidad es una emoción que se siente en el aquí y el ahora, al final se disipa, como sucede con todas las emociones. Los sentimientos de placer son fugaces; el sentido, en cambio, es duradero. En el estudio mencionado, las personas que pensaban más en el presente eran más felices, pero las que dedicaban más tiempo a pensar en el futuro o en las luchas y adversidades del pasado llevaban una vida con más sentido.

Otra investigación realizada en 2011 confirmó esto: las personas que tienen sentido en su vida —en forma de un propósito bien definido— se muestran mucho más satisfechas con su vida (incluso cuando se sienten mal) que las que carecen de un propósito claramente definido.

Esto nos lleva de nuevo a Viktor Frankl, específicamente a una experiencia decisiva que tuvo antes de que lo enviaran a los campos de concentración. En los primeros años de su vida adulta, Frankl logró establecerse como uno de los principales psiquiatras de Viena. Para 1941, sus teorías habían recibido atención internacional, y trabajaba como director de neurología en el Hospital Rothschild de la capital austríaca. Allí arriesgaba la vida y su carrera haciendo diagnósticos falsos a pacientes con enfermedades mentales para que los nazis no los condenaran a la eutanasia.

Con su carrera en ascenso y la amenaza de los nazis acechándolo, Frankl había solicitado visa para emigrar a los Estados Unidos, y ese año se la concedieron. Para entonces, los nazis ya habían comenzado a llevar judíos a los campos de concentración, en primer lugar a los mayores; Frankl sabía que era solo cuestión de tiempo para que fueran también por sus padres. Si esto ocurría, pensó, tendría la obligación de ir con ellos y ayudarlos a superar el trauma de adaptarse a la vida en cautiverio.

Por otra parte, como era un hombre recién casado y tenía una visa en la mano, se sentía tentado a huir a los Estados Unidos en busca de seguridad; creía que allí podría destacar aun más en su campo.

Lleno de dudas, se dirigió a la Catedral de San Esteban, en Viena, para aclarar sus ideas. Buscaba una “señal divina” y de vuelta en casa la encontró en forma de un trozo de mármol encima de la mesa. Era parte de los escombros de una sinagoga cercana que los nazis habían destruido, le explicó su padre. Contenía uno de los Diez Mandamientos, el de honrarás a tu padre y a tu madre. Frankl decidió quedarse.

La sabiduría que le dejaron sus experiencias en los campos de concentración, en medio del inimaginable sufrimiento humano, es tan relevante hoy como lo fue entonces. “El ser humano siempre apunta y se dirige hacia algo o alguien que no es uno mismo”, escribió. “Cuanto más se olvida uno de sí mismo —entregándose a servir o amar a otras personas—, más humano es”. Al dedicar nuestra vida a “dar”, más que a “recibir”, también reconocemos que en la vida hay algo más bueno que la simple búsqueda de la felicidad.

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