Más allá de la abundancia de recursos financieros y conocimientos tecnológicos, actitudes como el optimismo o la aceptación del fracaso están en el ‘subsuelo’ del ecosistema.

Descubrir en menos de una semana cómo el Valle de Santa Clara, en California (Estados Unidos), llegó a convertirse en la década de los 80 en el actual Silicon Valley y por qué sigue siendo hoy el polo tecnológico más importante del mundo no es una tarea fácil.

Pero un tour intensivo por la zona, con visitas a las sedes de gigantes como Google, HP, Oracle o Linkedin, universidades como Stanford y reuniones con emprendedores, ejecutivos de firmas tecnológicas y directivos de capital riesgo sí permite hacerse una idea de cuáles son las actitudes necesarias para que cuaje y se fortalezca un modelo como el de Silicon Valley.

Eso es justo lo que acaban de hacer una veintena de empresarios catalanes de diferentes sectores que participaron la semana pasada en un viaje de benchmarking organizado por FemCat. Cada dos años, esta asociación, que preside Ramon Carbonell, visita algunas de las zonas más dinámicas del planeta con el objetivo de incorporar ideas que puedan trasplantar a su entorno empresarial o socioeconómico.

Con San José como campamento base, los empresarios de FemCat se desplazaron a Palo Alto, Mountain View, Redwood City y Sunnyvale, así como a San Francisco, que, aunque a efectos geográficos se encuentra fuera de Silicon Valley, forma parte del mismo ecosistema.

La expedición estaba integrada por directivos y accionistas de empresas como Comsa Emte, Serhs, Simon Holding, Moventia, Comexi o el Real Autómovil Club de Cataluña (Racc), que pudieron identificar de primera mano algunos de los valores y actitudes que subyacen en el desarrollo del clúster, más allá de la abundancia de recursos financieros, a través de la multitud de firmas de capital riesgo instaladas en el valle, y del caudal de conocimientos tecnológicos acumulado durante décadas.

El deseo de aprender constantemente es uno de los factores de éxito de la zona, que disfruta de una oferta universitaria de primer nivel. Nadie discute que sin la Universidad de Stanford -entre sus profesores hay ahora 21 premios Nobel- no habría sido posible el boom de Silicon Valley. En Palo Alto, una placa instalada junto al famoso garaje en el que Bill Hewlett y David Packard pusieron los cimientos de HP, en 1939, sitúa a un profesor de Stanford, Frederick Terman, como padre intelectual de Silicon Valley. El Profesor Terman animó a los estudiantes a que montaran una start up de electrónica en la costa Oeste en lugar de enrolarse en compañías ya consolidadas en el este de EEUU, como ocurría hasta entonces,

Otro de los puntos clave es el optimismo. Para Marten Mickos, emprendedor y directivo de origen finlandés, los profesionales de Silicon Valley “son optimistas sobre ellos mismos y sobre los demás”. “La única cosa que les preocupa -dice este exejecutivo de HP- es la falta de tiempo”. No parecen estar especialmente inquietos por la sequía que azota a California, y ni siquiera ante el riesgo de que se produzca una nueva burbuja tecnológica, como la que estalló en el año 2000.

La percepción del fracaso empresarial es un signo distintivo de la zona, sobre todo si se compara con el estigma que supone un paso en falso en España. Incluso algunos inversores llegan a poner en valor el fracaso como una experiencia útil para quien pone en marcha negocios. Aunque hay matices. “Es importante fallar rápido”, advierte Fran García Calvo, un ingeniero madrileño que trabaja en las instalaciones de Google en Redwood City.

“Nothing is a mistake,there’s no win and no fail: there’s only make” (“Nada es erróneo, no hay ganancia ni fracaso: sólo hacer”), reza una frase del músico y filósofo John Cage que cuelga en el D-School de Stanford, un espacio multidisciplinar dedicado al diseño.

Como el tiempo escasea, actuar con rapidez es otra de las premisas del área. “En Europa tomas el té muchas veces antes de hacer negocios, pero aquí quieres resolver todo rápidamente”, dice Mickos. Además, la presión de la competencia obliga a moverse a gran velocidad. “O crecemos rápido o nos comen”, confiesa Álex Castellarnau, que llegó a San Francisco procedente de Barcelona y que dirige ahora el equipo de diseño de Dropbox, una empresa en fase de “hipercrecimiento”, según su propia definición.

En Silicon Valley se escucha a menudo que los emprendedores y sus equipos quieren “cambiar el mundo” y contribuir a una mayor calidad de vida. Los empresarios de FemCat pudieron comprobar la conexión que existe entre el mundo digital y el real en el World Cup Tech Challenge, una competición entre start up de todo el mundo que se celebró en el campus que Microsoft tiene en Mountain View. Siempre bajo la óptica tecnológica, los emprendedores presentaron propuestas para mejorar la atención de enfermos crónicos o para que las empresas obtengan circulante de forma más ágil.

Frente a las reticencias a compartir conocimientos que se dan, por ejemplo, en las universidades españolas, emprendedores y ejecutivos atribuyen el boom tecnológico a un actitud mucho más colaborativa y abierta. “Cuando me interesa algún tema, contacto con las personas que están en esa área y no encuentro ninguna traba”, dice Elies Campo, exdirectivo español de Whatsapp, que ha dejado la compañía tras su integración en Facebook. “Los datos que no compartes no tienen ningún valor”, señala, por su parte, Loren Mahon, ejecutiva de Oracle.

La innovación y la creatividad son ingredientes básicos de la realidad del valle, y las empresas los fomentan. Google permite que sus empleados dediquen el 20% de su tiempo a proyectos que no guardan relación con el departamento en el que trabajan. “Hay libertad para hacer cosas”, comenta Fran García, quien apuesta por una “innovación sin perfección”.

En Silicon Valley tienen claro que las start up están llamadas a crecer y a internacionalizarse desde su fundación. “El reto es ser globales desde el primer momento”, afirma Pepe Agell, que dirige Chartboost. Después de trasladarse de Barcelona a San Francisco, Agell fundó hace cuatro años, junto a María Alegre -su esposa- y Sean Fannan, esta plataforma de juegos online, hoy una de las líderes mundiales en su sector.

El mestizaje entre razas y culturas aparece como otra de las claves del éxito. Un dato: el 30% de los ingenieros que trabajan en Silicon Valley han nacido fuera de EEUU. “Se trata de un territorio muy nuevo con gente de todo el mundo, con un mix de etnias y lenguas”, señala Mickos, quien advierte, sin embargo, de la reducida presencia de hispanoamericanos en las empresas de la zona y de la comparativamente baja proporción de mujeres.

El tradicional pragmatismo estadounidense tiene aquí su máximo exponente, para lo bueno y para lo malo. “No hay lazos emocionales que aten a la hora de tomar decisiones”, indica Campo. Todas las empresas saben que, tarde o temprano, pueden acabar vendiéndose o desapareciendo, y eso no es ningún drama. “No veo por qué el objetivo de una compañía es que ésta sobreviva”, opina Joaquim Trias, que invierte en biotecnología desde San Francisco.

Sin corbatas, elipsis bancaria y ausencia gubernamental

Es prácticamente imposible ver alguien con corbata en los cuarteles generales de las tecnológicas, donde manda la ropa informal.
A los empresarios de FemCat les llamó la atención que no se hablara en ningún momento sobre bancos y financiación bancaria.
Está muy presente, en cambio, el protagonismo del capital riesgo a través de fondos de ‘venture capital’ que abundan, sobre todo, en Palo Alto.
En Silicon Valley tampoco se habla de ayudas públicas a las ‘start up’ ni del papel de las administraciones, más allá de algunas quejas.
Fuente: http://www.expansion.com/empresas/tecnologia/2015/06/14/557dad54ca474121438b4581.html
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