Uno no es feliz porque lo diga la ley, ni se prescribe felicidad mediante una ordenanza municipal. Pero un alcalde italiano ha inaugurado una concejalía para que sus paisanos vivan con más alegría. «Me he convertido ya en un icono de la felicidad, al igual que mi pueblo, al que he situado en el mapa, pues me han hecho entrevistas medios de todo el mundo», dice Ivan Dall’Ara, 59 años, alcalde de Ceregnano, pueblo véneto de 4.000 habitantes en el nordeste de Italia.

Dall’Ara, apoyado por el centro derecha, director de un instituto técnico industrial con 600 alumnos, es un enamorado de España —tiene un hijo ingeniero que habla español— y apasionado lector de Manuel Vázquez Montalbán: «He leído toda su obra», nos dice, y recuerda su invención del detective gourmet Pepe Carvalho para indicarnos que la concejalía de la felicidad se la confió precisamente a una cocinera profesional, a la teniente de alcalde, Elena DallŽOco, de 42 años, predispuesta por naturaleza a dispensar alegría y felicidades culinarias.

¿La felicidad? Para el alcalde Dall’Ara es una palabra mágica que ha inscrito en la bandera tricolor italiana: «Ceregnano, pueblo de la felicidad». Ivan Dall’Ara, que nació en San Pablo (Brasil), hijo de emigrantes italianos, se ha inspirado tomando al pie de la letra la constitución brasileña que, al igual que la Declaración de Independencia de Estados Unidos, incluye el derecho a la felicidad para todos los hombres. Pero, si ni siquiera el dinero da la felicidad, ¿lo puede dar la administración pública que, encima, el dinero se lo queda mediante impuestos? El alcalde de Ceregnano está convencido de que incluso contra la crisis se puede practicar la receta del optimismo y ayudar a sus paisanos a encontrar la felicidad: «Lo primero que hice al tomar posesión fue pedir a todos los dependientes del ayuntamiento que fueran gentiles y amables, que facilitaran y aligeraran las prácticas burocráticas a los ciudadanos, que no perdieran la sonrisa y que enriquecieran con iniciativas simpáticas y alegres la vida del pueblo. Además, para ahorrar, quité todos los teléfonos móviles a cuenta del Ayuntamiento. Hoy cada concejal paga el suyo, su número está en la página web del Ayuntamiento, disponible para todo el mundo. He abierto a todos la Casa Consistorial y, de forma simbólica, cuando se llama a la centralita suena el himno a la alegría con música de Beethoven». Las iniciativas son muchas: «Aprovechamos cualquier oportunidad o fiesta para dar una alegría y felicidad al pueblo. Hemos hecho un convenio con los restaurantes para que a los ancianos les cueste menos la comida. Organizamos fiestas y reuniones, en la que yo mismo canto y toco la guitarra».

Inevitables fueron al principio el escepticismo y las medias sonrisas malignas, pero la receta del alcalde Ivan funciona. La respuesta de sus paisanos es muy satisfactoria. Uno de ellos, Ricardo Rodella, escribía en un periódico de la región: «Vivo en Ceregnano y me siento orgulloso de esta iniciativa. Podemos mejorar hasta el infinito, pero es ya un ejemplo y un estímulo». La receta, como propaganda, también funciona. De Ceregnano se habla ya en todo el mundo: «Ha venido hasta una televisión sueca». ¿Creará escuela? ¿Por qué no un ministerio de la felicidad? Ríe con sorna el alcalde: «Sería apoteósico». La felicidad no se decreta. Es un factor íntimo, interior, privado. Pero, como dice el alcalde de Ceregnano, «se puede fomentar, porque la alegría es un derecho para todos».

Fuente: http://www.abc.es/20120225/internacional/abcp-politica-para-felicidad-20120225.html

 

 

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