Moscú, Rusia (CNN) — Empecemos con un poco de perspectiva. No es solo en Rusia donde las minorías sexuales sufren discriminación. En Estados Unidos, un modelo de tolerancia, todavía existe una gran cantidad de fanatismo. Algunos estados de Estados Unidos aún se niegan a reconocer el matrimonio entre personas del mismo sexo. Y los crímenes de odio y violencia hacia las personas LGBT siguen siendo un problema significativo.

Rusia no tiene el monopolio de la intolerancia. Sin embargo, hay una diferencia clave. En Estados Unidos, los funcionarios hacen todo lo posible para apoyar las opiniones y el comportamiento tolerantes. Se han aprobado e implementado leyes para la protección de los derechos LGBT. Los crímenes de odio son procesados. En Rusia, eso rara vez ocurre.

Ese no es solo mi punto de vista, es la opinión de Human Rights Watch, un grupo de derechos humanos con sede en Nueva York.

En su último informe sobre Rusia, titulado “License to Harm” (Licencia para dañar), HRW considera que las autoridades rusas no solo han “fallado en su obligación de prevenir y procesar la violencia homofóbica”, sino también han “legalizado efectivamente la discriminación contra las personas LGBT y las han rechazado, catalogándolos como ciudadanos de segunda clase”.

La polémica medida que el informe destaca es, por supuesto, la legislación de la “propaganda ‘antigay'” de Rusia.

La ley prohíbe la “propaganda de las relaciones sexuales no tradicionales entre menores” y fue, según HRW, una de las medidas en contra de la comunidad LGBT que fueron adoptadas o propuestas en 2013.

En su informe, HRW dice que la ley en realidad no protege a nadie, sino les da a los homófobos una razón para creer que las vidas LGBT le importan menos al gobierno ruso.

El informe continúa documentando varios casos terribles de violencia y abuso contra la comunidad LGBT de Rusia, entre ellos los casos en los que grupos nacionalistas radicales atraen a hombres homosexuales con el pretexto de tener una cita falsa. Se trata de una lectura desalentadora.

Durante la Unión Soviética, la homosexualidad era un delito punible con la cárcel y el trabajo forzado. Los homosexuales eran considerados como pedófilos o fascistas, fuera de la sociedad normal.

Las leyes que explícitamente prohíben la homosexualidad fueron derogadas en 1993, después del colapso soviético —aunque no hubo ninguna amnistía para los encarcelados por sodomía— pero parece que la actitud se mantuvo.

Incluso hoy en día, los activistas LGBT en Rusia —como la pareja que conocí en San Petersburgo recientemente— son considerados como extraños, a veces agentes del Occidente liberal, de los cuales se debe desconfiar.

El legislador de San Petersburgo que está detrás de la polémica ley de “propaganda”, Vitaly Milonov, subrayó esto cuando me dijo que cualquier ruso que quiera un matrimonio con otra persona de su mismo sexo debería mudarse a Occidente, el lugar “a donde pertenece”.

Esa es una fuerte conexión en estos tiempos de crecientes tensiones entre Rusia y Occidente.

Vincular a la comunidad LGBT de Rusia con el enemigo se nutre de viejos temores de extranjeros corruptos que contaminan la pureza de Rusia, y es un presagio sumamente malo para las esperanzas de que se aborde la discriminación en dicho país.

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