Ser ingenioso, tener ingenio, es una cualidad necesaria para vivir con plenitud y creatividad. Para el filósofo español José Antonio Marina, que ha estudiado a fondo el ingenio, vivir jugando es parte importante de la existencia, y el ingenio es un juego. Todos admiramos al ingenioso que tiene un gran sentido del humor, que siempre encuentra las palabras justas en el momento justo, que da soluciones sencillas a problemas complicados, al “McGiver”, que inventa la forma de salir de sus apuros dando usos muy ingeniosos a los poquísimos recursos que tiene a la mano.

En países como el nuestro, con distintas carencias y limitaciones, ser ingenioso es también una necesidad para sacarle un poco más de jugo a la vida. Hay que ser ingeniosos para hacer rendir al máximo los a veces escasos recursos disponibles; hay que ser ingeniosos para invertir el tiempo libre más creativamente en actividades que no sean sólo jugar al fútbol o beber con los amigos; hay que ser ingeniosos para idear qué hacer con los hijos y el poco dinero que hay en el bolsillo; hay que ser ingeniosos para pagar la escuela, la alimentación, el techo, la comida.

Pero, dice Marina, el ingenio es un “ambivalente modo de supervivencia”, es decir se puede usar bien o mal. Y allí nace la diferencia fundamental entre aquel que usa bien su ingenio para sacarle más jugo a la vida o sobrevivir, sin perjudicar a terceros, y aquel que asume como modo de vida vivir a costa de los demás, aprovechándose inescrupulosamente de ellos. Entre el ingenioso y el sapo.

¿Cuándo el ingenio sano se deforma en “sapería”? ¿Cuándo el ingenioso inocuo se convierte en “vivo” parasitario? La cultura del “vivo” en el país ha tenido una larga vida y nombre concreto: “viveza criolla”. Es una especie de deporte nacional, por lo difundido de su práctica.

El “vivo” no tiene reparos en echar mano de cualquier oportunidad para tomar ventaja del prójimo y aparentemente nunca se pone a pensar en las consecuencias de sus actos de ingenio viciado. El comerciante o el empresario que sube los precios aprovechando cualquier pretexto y se las ingenia para al mismo tiempo evadir impuestos y hasta solicitar su devolución; el estudiante que usa Internet como método preferido de hacer sus tareas e incluso elaborar su tesis de grado; el delincuente que inventa métodos de robo que sorprenden por un ingenio que bien pudiera aplicar para ganarse la vida honradamente. Los casos de corrupción por enriquecimiento ilícito de los funcionarios públicos descubiertos con frecuencia muestran mucho ingenio para consumar los delitos.

Toda sociedad tiene “vivos” que buscan rodeos, ardides, trucos para tomar ventaja y beneficiarse, pero no tienen tanta libertad para hacer de las suyas como en nuestro país. La endeble institucionalidad y el todavía frágil sistema de justicia son el terreno ideal para el florecimiento de la cultura del “vivo”, para el imperio de la “ley del más sapo”.

El sapo: ¿un modelo para imitar?
Pero hay un problema adicional: en nuestro medio, el “vivo” también está sobrevalorado. Muchos lo consideran una especie de héroe, casi un paradigma digno de imitación si una persona aspira a florecer en el país o, por lo menos, a salirse con la suya en un determinado asunto. Es frecuente que el “vivo” haga alarde de su ingenio para hacer el mal y muchos le hagan coro, admiren su astucia, audacia o ingenio. Pero, como previene Marina, “cuando se prestigia a personajillos, la vida social se degrada”, y complementa: “Necesitamos admirar la grandeza verdadera, que es, sin duda, la grandeza ética”. Personajillos en nuestro país los hay al montón en la política, el deporte, la academia, los medios de comunicación, la administración pública, la empresa. Muchos gozan de un prestigio o popularidad que no concuerda con su estatura humana y ética, y no debiéramos darles nuestro tiempo ni atención.

Finalmente, la cultura del “vivo” invierte los valores y confunde medio y fin, destruye las nociones básicas del bien y del mal. Para el “vivo” es bueno todo lo que le beneficia y malo todo lo que le perjudica; pone todo su empeño y creatividad para idear buenos métodos para conseguir pésimos fines. Es resto no cuenta para nada.

En las sociedades contemporáneas, dice Fromm, “los hombres propuestos para la admiración y la emulación son cualquier cosas menos arquetipos de cualidades espirituales significativas”. Hay que preocuparse por cambiar este escenario en nuestro país.

Fuente: Culturas que Nos Matan pág. 126

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