El recuerdo más jocoso que el sacerdote Graziano Mazón mantiene vivo de su natal Italia es el de un sacerdote que llegaba a la iglesia con casco y a bordo de una moto. Se bajaba de ella y enseguida corría presuroso por uno de los corredores del templo; tenía que prepararse para dar la misa. El religioso era él y quizás sea todavía uno de los pocos religiosos que utiliza este medio de transporte para llegar al templo.
Los feligreses que presenciaban su ‘proeza’ le gritaban: “se va a matar padrecito, tenga cuidado”. Él, por unos segundos, incluso quitaba las manos del volante, pero —aclara— que solo lo hacía cuando constataba que no había ningún peligro. “Yo era muy travieso desde niño, pero siempre fui comedido; ayudaba a mis padres en el campo, a ordeñar las vacas. Le puedo decir que soy un ordeñador de primerísima clase”. A los 11 años, ingresó al seminario, en Italia, porque desde la infancia sintió interés por servir al prójimo.
Antes de llegar a Ecuador, hace más de 30 años, vivió 4 años en Chile, durante la dictadura de Augusto Pinochet. La mayor parte del tiempo permaneció como misionero en San Clemente, una de las comunas más grandes de la región del Maule, situada en el sector oriente alto de la provincia de Talca. En Chile trabajó con jóvenes y campesinos. Dice que llegó en barco desde Genova el 24 de febrero de 1973; el periplo en duró un mes completo. Bordearon Perú y llegaron a Valparaíso, considerada la joya del Pacífico. Este misionero recuerda que aprendió castellano con los niños chilenos, por quienes sintió una especial predilección.
A los 6 meses de permanecer en ese país realizó sus primeras celebraciones litúrgicas, porque ya contaba con el carné que lo acreditaba como sacerdote. En una ocasión mientras celebraba misa ingresaron los Carabineros (institución policial técnica, de carácter militar de Chile); interrumpieron la ceremonia y gritaron a voz en cuello: “no le crean a este, porque de seguro es guerrillero”, refiriéndose a Mazón. El religioso no tardó en mostrar su identificación, pero no se libró de las continuas visitas de estos policías. En ocasiones, lo seguían de cerca o lo vigilaban cuando ingresaba o salía del templo.
Un día, el obispo de Chile lo llamó y le lanzó una frase a quemarropa: “tienes que irte, la vida aquí se pone muy seria para ti”. Su siguiente parada fue Ecuador, país donde recibió una invitación de su coterráneo Enrique Bartolucci, para trabajar en Esmeraldas en el cantón Muisne. Allí empezó a organizar a ancianos, mujeres y jóvenes para que mejoraran su vida y tuvieran también acceso a la salud. Siempre los defendió y una vez más lo acusaron de guerrillero durante el gobierno de León Febres-Cordero. Estuvo unos días en la cárcel, pero el obispo de Esmeraldas —recuerda Graziano— intercedió para que lo liberaran: el prelado lo defendió. “Decía: si los están acusando a ellos, sepan ustedes que yo también los estoy apoyando con fuerza y que yo también me quedo aquí”. Este religioso nunca dejó de orientar su trabajo en función de las personas más vulnerables. William Villanueva, funcionario de Maquita Cushunchic, Comercializando como Hermanos (MCCH), fundación que Graziano creó, considera que el cura es un ejemplo a seguir. “Es alegre y entusiasta, pero al mismo tiempo bastante exigente, le gusta que las personas cumplamos a cabalidad nuestro trabajo”.
El italiano José Tonello, director del Fondo Ecuatoriano Populorum Progressio (FEPP), conoció a Graziano Mazón en Italia, en los años sesenta, cuando su hermano sacerdote trabajaba en la misma diócesis que el citado religioso. Después —dice él— fue una sorpresa encontrarlo en Ecuador, donde lo apoyó en su labor en Muisne. “El FEPP colaboró con las comunidades rurales; daba crédito, cursos de capacitación e implementaban proyectos para mejorar las escuelas”.
Tonello destaca el trabajo desarrollado por su coterráneo. “En Quito, constituyó Maquita Cushunchic Comercializando como Hermanos. Su labor tiene un valor enorme por el beneficio que da al país”. Según Tonello, si el Ecuador tuviera más personas como Graziano Mazón, “muchas cosas se moverían más ágilmente en favor de los pobres.
Es un loco simpático, entusiasta que nunca está quieto, siempre tiene iniciativas nuevas. Se lanza, porque confía en la ayuda de Dios y de la gente, por supuesto”. Mientras tanto, Antonio Polo, sacerdote salesiano que convirtió a Salinas de Guaranda en un pueblo de emprendedores, indica que el clérigo nunca se desanima, lo que se demostró cuando, hace algún tiempo, su salud se vio quebrantada por un problema del corazón. “Graziano ama tanto a Ecuador como a Italia”. Mazón confiesa que uno de los golpes más duros que recibió en su vida fue la pérdida de su madre.
Cuando tenía 19 años, un sacerdote le dio la mala noticia de regreso a su casa. Cada 2 o 3 años, viaja a Italia para visitar a sus familiares y amigos, pero siempre regresa, pues su hogar, asegura él, está en Ecuador. Quienes lo conocen lo describen como una persona alegre y entusiasta. Cada 2 o 3 años viaja a su país natal para visitar a sus amigos y familiares.
Una iniciativa que surgió con la compra de arroz
Hay algunas anécdotas que el religioso relata al referirse a la creación de la MCCH. “Un día vi un arroz precioso en Enprovit y pregunté: ‘¿Cuánto vale?’. Después se me ocurrió entregar arroz a la gente a precios justos y le pedí a José Tonello que me ayude a organizar a la gente”.
De hecho, la Fundación Maquita inició sus actividades en 1989, con el fin de que los campesinos de escasos recursos del país tuvieran una alternativa para comercializar sus productos en forma digna y solidaria. Es así que Graziano solicita un préstamo al FEPP para adquirir quintales de arroz a los productores y distribuirlos a los pobladores al precio justo, sin especulación. Con el tiempo adquirieron otros alimentos a los productores y Maquita creció y surgieron las primeras tiendas comunitarias.
La venta de artesanías en el exterior tuvo acogida
El trabajo emprendido por Maquita no estuvo libre de tropiezos, como la aparición de las grandes cadenas de supermercados, lo cual obligó a replantear el eje del proyecto, porque obviamente, no podían competir con estos negocios. Fue entonces que decidieron trabajar, de forma directa, con el producto campesino, como el cacao, la avena, la quinua, el queso (este último lo adquirían al padre Antonio Polo de Salinas de Guaranda).
Poco después se incluyeron las artesanías elaboradas a mano por las mujeres y las empezaron a exportar a Italia. “Creo que al principio nos compraban por pura misericordia, pero después empezaron a valorar el trabajo de estas mujeres tan hábiles”. Hoy en día, la Fundación Maquita trabaja con las comunidades y organizaciones en 18 provincias del Ecuador. Además, ha orientado sus esfuerzos a la capacitación de los productores de la Costa y la Sierra con el fin de que mejoren su producción. Gabriel Caicedo, subgerente comercial de Maquita Cushunchic, considera que la visión y la entrega de Graziano Mazón a esta iniciativa son evidentes y todos lo reconocen. “Es alegre, firme y, al mismo tiempo, tiene claros los objetivos. Yo llegué a conocerlo por sus esfuerzos para evitar, a toda costa, la especulación de ciertos productos como el cacao. Él logró que se les pagara el precio justo a los productores”.

Mazón cuenta que a los 19 años recibió la noticia de que su madre falleció.

Producción local
Maquita presentó productos a base de quinua hace tres años Gabriel Caicedo, subgerente comercial de Maquita Cushunchic, indica que esta fundación presentó los primeros productos a base de quinua hace 3 años, precisamente cuando la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) declaró al 2013 como Año Internacional de la Quinua. Entre los productos que elaboran en la Fundación está la crema instantánea de quinua, una de las más vendidas, la granola con pasas y quinua, y barras de cereal en las que incorporan uvillas y arándanos. Por el momento, el producto de mayor comercialización es la sopa instantánea. “Nuestra quinua proviene directamente de Riobamba. Este grano llega a la planta procesadora ubicada en la parroquia rural Calpi. Tenemos una gran acogida con este producto”.
Participación
Asistencia técnica y capacitación, los ejes de trabajo de esta organización Maquita agrupa a personas, familias, organizaciones y comunidades que viven en situación de vulnerabilidad y exclusión social. De hecho, se enfoca en promover la participación, incidencia y empoderamiento como actores de cambio, con equidad social y promoción de sus derechos, a través de circuitos y redes de economía social y solidaria. Según su sitio web, con capacitación y asistencia técnica, se orienta a incrementar la productividad para mejorar el ingreso familiar, favoreciendo un crecimiento económico sostenible que incida en la mejora de las condiciones de vida de las familias, organizaciones y comunidades en situación de vulnerabilidad. Con los principios de economía social y solidaria se impulsan procesos de agregación de valor en poscosecha.
EJES DEL TRABAJO
Esta fundación trabaja en varias líneas: productos, turismo, servicios y agro. También busca fomentar y desarrollar un turismo responsable bajo los principios del comercio justo, al dar respuestas a las expectativas del visitante. La fundación almacena la producción de cacao de 24 centros de acopio distribuidos en Esmeraldas, Manabí, Bolívar, Los Ríos, El Oro y Guayas. (I)

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