Era estudiante de seminario y acababa de comenzar mis prácticas para ser capellán de un hospital oncológico cuando mi profesor me preguntó sobre mi trabajo. Tenía 26 años y todavía estaba aprendiendo qué hacía un capellán.

-Les hablo a los pacientes-, le dije.

-¿Les hablas a los pacientes? Y cuéntame, ¿qué le pueden contar unas personas enfermas y que están muriendo a una joven que estudia para ser capellán?- preguntó.

Nunca me había planteado esa pregunta. “Bueno, principalmente hablamos de sus familias”, le respondí despacio.

-¿Hablan de Dios?.

-Umm, por lo general no.

-¿O hablan de su religión?.

-No mucho-, le dije.

-¿Del significado de sus vidas.

-A veces.

-¿Y rezan? ¿Los guías en una oración? ¿O en algún ritual?.

-Bueno-, dudé. “A veces, pero no suelo hacerlo. No realmente.

En la voz de mi profesor sentí un tono de burla. “¿Así que solo visitas a esas personas y hablas con ellas de sus familias?”.

-Bueno, ellos hablan. Yo me dedico a escuchar, principalmente-.

-Huh-. Se recostó en su silla.

Una semana después, en medio de una de sus clases, el profesor comenzó a contar una historia sobre una estudiante que era aprendiz de capellán en un hospital.

“Y le pregunté: ‘¿Exactamente qué haces como capellán?’. Y me respondió: ‘Bueno, hablo con los pacientes sobre sus familias’ ”. Hizo una pausa. “Y eso era lo que la estudiante entendía por fe. Eso era tan profundo como la vida espiritual de esa persona. ¡Hablar sobre las familias de otras personas!”.

Los estudiantes se rieron de la superficialidad de la tonta estudiante. El profesor estaba imparable.

“Y pensé para mí mismo —continuó el profesor— que si alguna vez me enfermo y estoy en un hospital, que si alguna vez estoy muriendo, la última persona que quisiera ver es una joven que estudia en el Seminario de Harvard y se prepara para ser capellán, pero me quiere hablar de mi familia”.

Mi cuerpo se anestesió con vergüenza. En ese momento yo pensaba que tal vez, si fuera mejor capellán, sabría cómo hablarles a las personas de cuestiones espirituales fundamentales. Tal vez si las personas que están muriendo se reúnen con un capellán bueno y experimentado hablan sobre Dios, pensé.

Hoy, 13 años después, soy capellán de hospital. Visito a personas que se están muriendo en sus casas, en hospitales, en hogares geriátricos. Y si me preguntaran lo mismo que me preguntó ese profesor, de qué hablan unas personas enfermas y que están muriendo con un capellán, yo, sin dudarlo, daría la misma respuesta.

Principalmente, hablan de sus familias: hablan sobre sus madres y padres, sobre sus hijos e hijas.

Hablan del amor que sienten y del amor que quieren dar. Suelen hablar del amor que no reciben o del amor que no saben cómo ofrecer, del amor que niegan o del que tal vez nunca sienten por aquellos que debieron amar incondicionalmente.

Hablan de cómo aprendieron lo que es el amor y de lo que no es el amor. Y a veces, en su agonía, un líquido recorre sus gargantas, extienden sus manos a cosas que no puedo ver y llaman a sus padres.

 

Lo que no entendí cuando era estudiante y lo que me gustaría explicarle ahora a ese profesor que es esas personas hablan con el capellán sobre sus familias porque así es como hablamos sobre Dios. Así es como hablamos del significado de nuestras vidas. Así es como hablamos sobre las grandes cuestiones espirituales de la existencia humana.

No vivimos nuestras vidas en nuestras cabezas, en la teología y las teorías. Vivimos nuestras vidas en nuestras familias: las familias en las que nacimos, las familias que creamos, las familias que construimos a través de las personas que escogemos como amigos.

Es allí donde creamos nuestras vidas, donde encontramos su significado, donde nuestros propósitos se vuelven claros. La familia es ese lugar en el que por primera vez experimentamos lo que es el amor y donde por primera vez lo damos. Es tal vez el primer lugar donde alguien que amamos nos hiere y donde, con suerte, aprendemos que el amor puede superar incluso el rechazo más doloroso.

Ese crisol de amor es donde comenzamos a hacernos grandes preguntas espirituales y donde finalmente terminan.

He visto esas expresiones de amor: un esposo que amorosamente le lava la cara a su esposa con una toalla fresca y sostiene la cabeza calva de ella en su mano para llegar a la nuca, porque ella está muy débil y no puede separarla de la almohada. Una hija que pone cucharadas de postre en la boca de su madre, una mujer que lleva años sin reconocerla. Una esposa que arregla la almohada debajo de la cabeza de su esposo que ya no respira, mientras le ayuda al encargado de la funeraria a levantarlo y ponerlo en la camilla.

No aprendemos el significado de nuestras vidas discutiéndolo. No lo encontramos en libros ni en salones de clase y ni siquiera en iglesias, sinagogas o mezquitas. Lo descubrimos a través de esas acciones de amor.

Si Dios es amor, y creemos que eso es así, entonces aprendemos de Dios cuando aprendemos del amor. La primera y generalmente la última clase de amor es la familia. A veces ese amor no solo es imperfecto, también parece haberse perdido por completo.

En las familias pueden ocurrir cosas monstruosas. Con mucha frecuencia, más de la que me gustaría creer posible, los pacientes me cuentan lo que se siente que la persona que amas te pegue o te viole. Me cuentan lo que se siente ser un hijo no deseado por sus padres. Me cuentan lo que se siente ser objeto de la ira de alguien. Me cuentan lo que se siente saber que abandonaste a tus hijos o que por beber destruiste a tu familia, o que fallaste en cuidar a quienes te necesitaban.

Incluso en esos casos, me sorprende la fuerza del alma humana. Personas que no conocieron el amor en sus familias se dan cuenta que deberían ser amadas. De alguna manera saben qué les faltó y lo que merecían como niños y como adultos.

Cuando el amor es imperfecto o una familia es destructiva, algo más puede aprenderse: el perdón. El trabajo espiritual del ser humano es aprender cómo amar y cómo perdonar.

No tenemos que usar palabras de teología para hablar sobre Dios; las personas que saben que van a morir pronto casi no las utilizan. Deberíamos aprender de aquellos que están muriendo que la mejor manera de enseñarles a nuestros hijos sobre Dios es amando y perdonando completamente a cada persona, justo como nosotros anhelamos ser amados y perdonados por madres, padres, hijos e hijas.

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